
"Podés pasear en limousine, cortar las flores del jardín, podés cambiar el sol y esconderte si no quieres verme. Puedes ver amanecer con caviar desde un hotel
pero ya no tienes ni un poquito de amor para dar".
Esto se hace evidente cada vez que me topo con Charly García en una entrevista, en una nueva canción. Es impresionante ver como un ídolo se desmorona a través del tiempo, como perdió la sencillez con la que componía; arreglos tranquilos pero profundos, letras para descifrar y en cada compás un latido...
De ese Charly de los ochenta heredé la adicción a escuchar lo que no siempre está a la vista en la canción, aquello escondido detrás de un acorde extraño, eso que el músico quiso colocar allí por mero capricho o porque para él significaba algo tan personal que no quería terminar el tema sin expresarlo. Eso era lo mágico de los arreglos de aquel Charly ochentosonoventero, esa prudencia de alojar sigilosamente sonidos que ni a la primera, ni a la novena vuelta escuchabas y un día cualquiera, ibas en tu carro perdido en el tráfico y de repente "PLING"!!!!, aperecía un detalle que nunca antes habías escuchado y eso te renamoraba de la canción y por supuesto, del músico, de Charly.
Yo no sé si fue la droga (creo que es muy fácil pensar eso) o que simplemente se le acabó el amor y llenó ese hueco con ego y evasión. Lo cierto es que la comparativa entre Piano Bar y El Aguante (para no irme a los extremos) me sitúa ante dos artistas distintos, es como si le hubiesen cambiado el alma.
Debe ser por eso que siento tanta nostalgia cada vez que lo escucho, no es por los recuerdos remotos, es por saber que Charly murió hace ya mucho tiempo, seguro el día en que perdió el norte tratando de lidiar con el karma de vivir al sur.
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